Calcetines

Ojos desvanecidos, cejas paleolíticas y frente de futbolista. Labios partidos. Granos. Ahí, allí y aquí también. Tez negruzca. Una barriguita desencantadora y la estatura de Napoleón Bonaparte, más nunca su personalidad. Más bien tenía la retraída condición de un Napoleón Dinamita. Mientras lamentaba el aspecto de su imagen frente a cualquier reflejo que se le cruzara, oyó el timbre dulce que provocaba la discreta risa de tres chiquillas, que compartían la misma ropa, los mismos peinados y la misma voz. Muy bellas las tres, estaban sentadas al final del microbús, y sus coquetas risas iban y venían cada vez que alguno de los pasajeros (machos) se ponía de pie para tocar el timbre y posteriormente abandonar el microbús. Cada vez que alguien se levantaba, ellas lo asechaban con la mirada y luego reían galantemente. Así que reparó en el aspecto de los tipos que dejaban sus asientos. ¡Claro! Eso era, todos estos hombres eran atractivos (le costó asumirlo, obviamente), incluso estas chicas se habrían estremecido ligeramente con un cuarentón, que sin embargo mantenía intacto el aire de seductor en su musculoso físico. Miró hacia adelante y reparó en la presencia de más hombres erguidos y bonachones dispuestos a ponerse de pie y demostrar su belleza a estas chicas que parecían espinosas juezas de un desfile de modas. Las chicas volvieron a sonreír y comentarse opiniones en sus oídos cuando de pronto se levantó uno rubio de unos maravillosos ojos azules.

Se sintió incómodo al percatarse de la apariencias en otros hombres, pero más perturbado se puso al pensar en qué pasaría si le tocara a él ponerse de pie, si el microbús por fin llegara a su destino. Seguramente ellas también reirían, pero no de forma coqueta, no señor, lo harían sino más bien de una manera burlesca, con sus preciosos dedos índices apuntando a su cara. La risa luego sería masiva y no sólo de estas bellas chicas. No lo podría soportar, la vergüenza sería abrumadora, lo cortaría por la espalda en dos, se derretiría ahí mismo.

Había mucha gente en el bus, estas chiquillas habrían llamado la atención de casi todos los pasajeros, que las miraban de forma simpática y entendían el chiste. Otro tipo se puso de pie y ellas volvieron a acurrucarse en sus asientos gimiendo y comentando en voz baja una serie de frases ininteligibles, aunque muy predecibles. Cerró sus ojos e imaginó, se visualizó tocando el timbre, y a las chicas apuntando hambrientamente sus miradas en su trasero. Sonrió, luego abrió los ojos, y volvió a la realidad frunciendo el ceño de forma angustiante.

Seguían bajándose más hombres, y las chicas seguían haciendo lo mismo, a veces de manera muy notoria otras más discretas, dependiendo del modelo que tuviera en frente. No aguantó más y decidió no bajarse hasta que ellas lo hicieran, pero pronto recordó que en realidad iba atrasado a su cita con el médico, por lo que esta opción quedaba desechada. Faltaba poco para llegar a su paradero, y comenzó a sudar. Miraba de reojo a las chicas cada vez con más preocupación. De pronto se le ocurrió una idea brillante. Sonrió otra vez. Se secó la frente, se quitó los zapatos cautelosamente y luego sus calcetines. Hizo dos esferas aplanadas con ellas y las introdujo encima de sus nalgas, por debajo de sus calzoncillos, volviéndose a poner sus zapatos posteriormente. Lo hizo de la forma más discreta posible, pero no pudo evitar sin embargo que la gorda señora que estaba sentada a su lado lo mirara casi asqueada. Pero no importaba, ahora su culo parecía más llamativo, y ellas no se reirían de él, por el contrario, “apreciarán mi regordete y muy carnudo culo, jejeje”, pensó esto con una sonrisa maliciosa de niño chico.

Se puso lentamente de pie y aproximó a bajarse cuando escuchó de golpe el sonido del timbre, las tres chicas se habían puesto de pie rápidamente para abandonar el microbús sin decir ni chao. Siquiera se fijaron en él, que estaba frente a ellas de pie, sin moverse de su asiento. Quedó consternado, y de golpe volvió a su asiento, sin quitarse las medias aun del culo, se sintió una basura. “Hubiera preferido que por lo menos se rieran de mí”.

La gorda señora que iba a su lado le puso la mano en su hombro, y le regaló una mirada consoladora. Él la miró agradecido, luego ella, que había entendido todo el asunto, dijo:
-    Hijo, usted no puede ser más idiota. Podría haberse bajado por la puerta de adelante.

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